Hubo una época en la que las palabras salidas del alma eran reconocidas por la estela del tono armonioso de una batería afilada, un guitarreo ajustado a la voz ronca de un sentimiento demasiado profundo para ser expresado. Una vez, hubo una época en la que el saber de los silbidos supo marcar el ritmo del no, no, noooo…. tal vez sí.
He aquí una de tantas voces, ruidosas como la que más cuando por meta toma dicha tarea, parsimoniosa cuando la gesta es la de guardar silencio. Oscuros son sus pensamientos ante ojos desconocedores de una realidad trivial, simple apariencia irreal, temerosa volatidad capaz de no aceptar la virtuosidad de la discordancia, estela de un navío que transita en círculos. Un capitán conciente del destino, de la dirección de su navío, un capitán con instrumentos de abordo intencionadamente malogrados, erronéamente configurados para merodear la centrífuga esfera de la más sensata lógica humana.