Caerse es volverlo a intentar

Hiere verso a verso la mas dulce armonia, cenicienta de dorada infinitud. La eternidad, efimera tal y como la contemplan estos ojos, es un alma sonora que se atenua con el devenir de unos dias fugaces en suspiros.

Parco ruisenyor, torpe en el amago de quien no dribla el subyacente de los suenyos. Esporadica la vision de un amanecer ausente, siervo y fiel lacayo de una oscuridad atormentada.

Destino incierto de cuyo reflejo mas tenue es la esperanza, una fe otrora omnipresente. Magia que envuelve el universo, centro fugaz de un horizonte lejano pero vivo.

 He ahi donde la ausencia enmascara las lineas de pudor, un asombro fertil entre ilusiones compartidas. He ahi donde nace la exquisita arrogancia de unos versos que aun han de precipitarse sobre este fondo blanco y puro.  

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Vitalidad, sueños e ilusiones

Si tuviera que escribir sentiria la tremenda lejania que dista entre mis palabras y mis deseos. Aunque lo escrito danzara sobre bellas ilusiones, no serian mas que palabras de simple y pura logica.

Si la utopia en la que viajo es solo el destino de un abrazo, lugar efimero donde la eternidad se vuelve perecedera, quien sabe donde y cuando ese hallazgo me haga derribar todos estos inciertos temores.

Si todo fluye en armonia, si la naturaleza parece ser un complejo ecosistema que se autobalancea para aferrarse a su propio equilibrio, por que este absurdo sentimiento de consciencia y autoparalizacion no me deja seguir mi camino, tal y como evidencian las estrellas que iluminan mi paso cada dia.

Si de aprender se tratara, bailaria sobre barriles de deseos embotellados. Trazarias dibujos de sensual textura sobre desconocidos valles, donde cada dia sonriera el sol y la manyana emergiera con la ilusion de esa misma mirada.

Otro ciclo se cierne como ocaso de una vida que sigue su propio curso natural, histeresis de gran ambiguedad, senderos que siempre guardaran sorpresas y temores dignos de la vitalidad que nos envuelve.

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La más bella fantasía (Eduardo Peralta)

La más bella fantasía 
Fue siempre –lo es hasta ahora- 
Una patria más lectora, 
Que crea en la poesía. 
Que apague la hipocresía 
-Televisada basura- 
Y salga con sabrosura 
A recorrer la avenida, 
A ser parte de la vida, 
A disfrutar la cultura… 

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Dentro de un siglo, amigo…

Dentro de un siglo, amigo, ya estaremos
bajo tierra, por fortuna, todos.
No hay que apurarse, pues; gozar el día
es lo mejor, sin inquietud alguna.
Si hay azul y buen sol, el alma entera
florecerá de amor y de alegría;
si el cielo esta nublado… buscaremos
la tristeza más cómoda al espíritu.

Perfecciona tu modo dulcemente;
y pon en cada cosa, lo adecuado.
Una triste dulzura ante la muerte
y una alegría mansa en lo dichoso…
Exclama: ¡Hermoso sol! –en esos días
sonoros del verano. En el invierno:
–¡Cuánta melancolía en esos valles,
sobre esos montes que cubrió la nieve!…

(Alonso Quesada -entraido de “El lino de los SUEÑOS”-)

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Tierras de Gran Canaria

Tierras de Gran Canaria, sin colores,
¡secas!, en mi niñez tan luminosas.
¡Montes de fuego, donde ayer sentía
mi adolescencia el ansia de otros lares!…
Campos, eriales, soledad eterna;
–honda meditación de toda cosa—.
¡El sol dando de lleno en los peñascos
y el mar… como invitado a lo imposible!
¡Todos se han ido! Yo, desnudo y solo,
sobre una roca, frente al mar, aguardo
el mañana, ¡y el otro!…
¡Horas amadas
no nacidas aún! Ansias secretas
de esa perfecta orientación humana…

Tierra de amor, en lejanía –siempre
llena de luz para mis ojos crédulos–,
en esos campos sin color, mi alma
tiene el eco engañosos del Desierto…

En el azul están mis ideales
tan invisibles como las estrellas
en este atardecer… ¡Y sin embargo,
ahí brillando están eternamente!
Campos de Gran Canaria, sin colores,
¡secos!, en mi niñez tan luminosos…
¡Montes de fuego, donde ayer sentía
mi adolescencia el ansia de otros lares!…
Soledad, aislamiento, pesadumbre…
El corazón siempre en un pequeño misterio
y el alma sobre el mar ¡blanca!… ¡El velero
que no pasa jamás del horizonte!…

(Alonso Quesada)

 

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Castillos de palabras

Aquí andamos de nuevo en este mundo de palabras dispares, sedientas de la vitalidad ausente, de una presencia tan dispar como inesperada. Es éste un espacio abandonado al azar, sin destino y propósito efectivo o concreto, así  tal y como debiera interpretarse la vida misma, o quizás no.

Las palabras van y vienen, esclavizan y seducen, angustian y mitigan las penas, dan felicidad y armonía… percepciones que ceden sutileza a la expresividad de un susurro, un viento quizás marchito pero aún persistente. Lejanos son los agudizos defectos e imperfecciones que hacen buenos todos los sentimientos, placeres y deseos que la propia naturaleza es capaz de transmitir.

Cual fiebre que discurre por las venas del paraíso utópico, aún  me permito las licencias de una escritura personal e interpretativa distante, lejana e incomprensible. Palabras que pudieran ser manipulables, corazones guiados por la visión de una objetividad demasiado parcial para ser considerada, una complejidad tan simple como un juego de palabras basado en el silencio de dos miradas, ojos que no se observan pero se aprecian más allá de toda superficialidad, castillos atemporales de un sueño labrado con la alevosía de un destino incierto y fugaz, tan fugaz como la vida misma.

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Niños dormidos que se dan por vencidos…

Me pide el minutero de la más profunda carencia temporal, un poema de mi puño y letra, un grabado de dossieres anestesiados, de falsas ausencias, de palabras sueltas…

A menudo las palabras inexpresables corren el riesgo de ser tergiverzadas en rigurosas rimas, en un maremagnum de falsa moralidad, una hipocresía linguística que obliga al alma a expresarse de forma ordenada, sistémica, como de si cuadricular el espíritu se tratase.

Como negar la evidencia acerca de la vida misma, de cómo el camino es tan atemporal como impracticable. Es como si una piedra quisiera ser inerte para toda su existencia, como si negando la aleatoriedad implícita de la propia naturaleza, ésta fuera a escapar al extraordinario caos del orden natural.

Las reglas, el orden, la justicia, como si todo figurara como un juego basado en el cautiverio de las almas libres, aprisionadas más allá de la simple ley universal, sedosa frontera que escapa a las fuerzas físicas que definen las vidas que se atrincheran en falsas e ilusas creencias. Acaso no basta con saber que nuestra única limitación es la de una vida terrenal sujeta a este planeta, a un oxígeno e hidrógeno que danzan armoniosamente para dar alegre colorido a nuestra presencia.

¿Por qué tanto escandolo?¿Por qué tanta pasión hacia lo superfluo? ¿Por qué? ¿Para qué?

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Capitaneando un navío

Hubo una época en la que las palabras salidas del alma eran reconocidas por la estela del tono armonioso de una batería afilada, un guitarreo ajustado a la voz ronca de un sentimiento demasiado profundo para ser expresado. Una vez, hubo una época en la que el saber de los silbidos supo marcar el ritmo del no, no, noooo…. tal vez sí.

He aquí una de tantas voces, ruidosas como la que más cuando por meta toma dicha tarea, parsimoniosa cuando la gesta es la de guardar silencio. Oscuros son sus pensamientos ante ojos desconocedores de una realidad trivial, simple apariencia irreal, temerosa volatidad capaz de no aceptar la virtuosidad de la discordancia, estela de un navío que transita en círculos. Un capitán conciente del destino, de la dirección de su navío, un capitán con instrumentos de abordo intencionadamente malogrados, erronéamente configurados para merodear la centrífuga esfera de la más sensata lógica humana.

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El hombre y la mar

¡Para siempre, hombre libre, a la mar tu amarás!
Es tu espejo la mar; mira, contempla tu alma
en el vaivén sin fin de su oleada calma,
y tan hondo tu espíritu y amargo sentirás.

Sumergirte en el fondo de tu imagen te dejas;
con tus ojos y brazos la estrechas, y tu ardor
se distrae por momentos de su propio rumor
al salvaje e indomable resonar de sus quejas.

Oscuros a la vez ambos sois y discretos:
hombre, nadie sondeó el fondo de tus simas,
tus íntimas riquezas, oh mar, a nadie arrimas,
¡con tan celoso afán calláis vuestros secretos!

Y en tanto van pasando los siglos incontables
sin piedad ni aflicción vosotros os sitiáis,
de tal modo la muerte y la matanza amáis,
¡oh eternos combatientes, oh hermanos implacables!

[Charles Baudelaire]

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Mi osadía inmoral

Me acerco y me miras,
suspiro un deseo,
pero aún así te retiras.

No se qué te veo,
sólo siento que me miras,
pero en cambio no creo.

Oh, mi dulce mirada,
ajena a mis anhelos,
si supieras de desvelos,
cuanta fortuna dada.

Oh, mi bella sonrisa,
cuanta tristeza en tu mejilla,
corazón despojado de su silla,
¡cómo bailar esta isa!.

Preferiría contemplarte de forma firme,
sin la ausencia de un escondite,
tierno y puro alcanzarte el rostro siempre,
no sin ello amarte sin quite.

Ojos de eterna armonía,
que recubren mi tardanza,
reposo de extraña confianza,
delito de mi inmoral osadía.


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